Victoria anhelaba un fin de semana tranquilo, sin estrés, sin trabajo, sin ruido. Quería dormir un poco más, practicar sus rutinas de baile y, en general, entregarse a la calma. Era viernes por la noche, y lo mejor: era fin de semana largo. El lunes era festivo, así que no regresaría a la oficina hasta el martes.
Sus hijas estaban bien cuidadas en el primer piso del apartamento, así que, para no interrumpir su descanso, subió sola a la terraza. Allí, con el aire fresco acariciándole el rostro,