Embistió con fuerza para penetrarla y disfrutar de su calidez, sintiendo tanto placer como se había imaginado. No logró penetrarla al principio, pero casi de inmediato tomó fuerzas para hacerlo; con más ímpetu y dificultad entró en ella. Ya adentro y sintiéndose poderoso, continuó irrumpiendo la estrechez de Victoria. Los gemidos ahogados de Victoria eran música para los oídos de Andrés, quien disfrutaba cada rincón de ella.El placer que sentía Andrés no le dejaba ver ni sentir el sufrimiento de Victoria; esto era nuevo para ella. Jamás había estado con un hombre; había leído sobre cómo podría ser su primera vez: qué hacer, cómo se sentiría... pero ya en la realidad era totalmente diferente. Le dolía cada embestida de él; era como si quisiera partirla a la mitad.—¡Por favor, pare! —exclamó para ver si él se detenía o le bajaba la intensidad.Andrés la escuchó, se detuvo y la observó.—Victoria, perdona, estoy siendo un animal contigo, pero es que te estoy disfrutando al máximo. Lo s
La figura imponente de Andrés estaba ahora frente a ella, abotonándose la camisa, casi listo para marcharse. Victoria, en cambio, evitaba mirarlo; sus ojos recorrían todo el cuarto, menos a él. De pronto, su vista se posó en las sábanas que cubrían parte de la cama: allí estaba la evidencia de lo que habían hecho. Las manchas de sangre dejaban en claro que su virginidad era cosa del pasado, y Andrés había sido el responsable.Se sintió una tonta por haberle entregado a él algo que, en su mente, había reservado para el hombre con quien se casaría o al menos amaría de verdad. Pero Andrés no era su novio, ni su esposo, y mucho menos el amor de su vida.—Victoria, quiero pedirte disculpas... por lo que dije sobre que tenías un amante —dijo Andrés, con la mirada también fija en las sábanas manchadas.—Quiero irme. Ya es muy tarde —respondió ella, con la voz apagada.—Sí... ya debemos irnos.—Dame un momento —pidió Victoria.Ella recogió rápidamente las sábanas y las llevó al cuarto de lava
Brenda observaba a Andrés tomar una ducha mientras la ira la cegaba. Desde el apartamento contiguo, los había visto: a Victoria y a Andrés, entregados como si el mundo fuera a acabarse. Deseaba destruirlos a ambos. Andrés ya no quería nada con ella, y ahora había puesto los ojos en Victoria. Se suponía que la despreciaba por no cumplir con su estándar de belleza... ¡y ahora resulta que le gustaba! Hasta se habían acostado.La cena estaba servida en casa de los Castillo. Andrés fue el primero en acudir a la mesa, impulsado por el hambre. Después de comer pensaba llamar a Victoria, si ella se dignaba a contestarle.La cena transcurría en una tensa calma. Sin embargo, la intranquilidad de Daniel era evidente y comenzaba a incomodar al resto de la familia, que intentaba, sin éxito, comunicarse con Victoria.—¿Qué sucede, hijo? —preguntó su madre.—Mamá, es Victoria. Nunca me contesta las llamadas, siempre está ocupada y ya ni siquiera nos vemos —respondió Daniel con molestia.—¡Esa mujer
Mi hermana Isabel, estresada como si le debieran tres quincenas y de pésimo humor, me soltó que en el apartamento de Antonio se había metido una supuesta hija de él, armó un zafarrancho épico y terminó echada como perro callejero en mercado. Para colmo, la muchacha ni siquiera era hija de Antonio. Yo ya le advertí a Isabel que había puesto la respectiva denuncia ante la policía por invasión de morada ajena, pero la culpa no era solo de la intrusa: el vigilante y todo el personal de turno se ganaron su despido por bobos y por medio dormidos. Al menos hubo algo de justicia poética.Mientras tanto, Andrés, muy serio en apariencia pero con un demonio travieso en la cabeza, recordó que Victoria había dejado lavando las sábanas y, de paso, casi vació media bolsa de detergente en la lavadora como si estuviera haciendo una ofrenda a los dioses del aseo. El resultado: un desastre monumental.Con la culpa pesándole apenas un poquito —porque Andrés tenía más alma de cómplice que de mártir—, deci
Daniel estaba en el estudio con una botella de whisky en la mano. Su madre, preocupada, lo observaba desde la puerta. En los últimos días, Daniel no hacía más que beber y discutir con todos en la casa.—Hijo, ¿qué sucede contigo? Últimamente te veo de mal humor y muy pensativo —preguntó ella, con tono preocupado.—Problemas, mamá. Nunca faltan —respondió él, sin mirarla.—¿Es por esa chica, Victoria?—Sí... —admitió, apretando la mandíbula—. Siento que no me ama. Solo me está utilizando. Y para colmo, Andrés no pierde oportunidad de acercarse a ella.—Pienso que podrías irte con ella unos días fuera del país, para celebrar la luna de miel... si es que están casados —sugirió su madre, midiendo sus palabras.—Estamos casados, mamá. Pero ni tú me crees... —dijo Daniel, amargado—. Ella es una interesada. Solo le importa el dinero.—Y eso del papá millonario, ya sabes que son puras mentiras. Si dices que solo le interesa tu dinero y ya le diste suficiente, haz que te pague de alguna manera
Andrés recibió una llamada en su móvil y decidió contestar. Era su abogado, quien se encontraba acompañado del fiscal encargado del caso sobre el fallecimiento de su esposa en un accidente automovilístico ocurrido varios años atrás.—Espérenme en mi oficina; iré en unos minutos.—Doctor Andrés, buenos días. Le informo que ya hemos localizado a la persona que conducía el auto, y hoy mismo será enviada a prisión.—Por fin... —respondió Andrés, con una mezcla de alivio y rabia—. ¿Cuántos años tuvieron que pasar para dar con esa persona?—Doctor, la conductora era menor de edad en ese entonces, y la justicia colombiana tiene sus limitaciones en este tipo de casos. Pero ya estamos cerrando este capítulo. Además, esta misma persona estuvo involucrada en el accidente que usted sufrió en las playas de Coveñas. No parece una simple casualidad.—Quiero estar informado de todo. —Andrés apretó el teléfono con fuerza, sintiendo hervir la sangre—. ¿Todos estos años y nunca me pregunté quién fue el
—Iré con ustedes, pero, por favor, no me coloquen las esposas. No quiero que mis padres y mi familia me vean así —suplicó Victoria.—No estás en condiciones de pedir nada, Caballero. —El oficial hizo una pausa y, tras mirarla con cierta compasión, añadió—: Está bien, no te esposaremos, pero estarás custodiada en todo momento.Rebeca, al ver que se llevaban a su amiga, rompió en llanto. Estaba desconsolada, pero también aterrada: si Victoria hablaba, ella podría ir a prisión de inmediato. Se acercó y la abrazó, susurrándole al oído:—Amiga, por favor... sabes que tengo a mi hijo y... no te había contado, pero estoy embarazada otra vez. Así que, te lo ruego, no digas nada.Victoria la abrazó con fuerza. No tenía pensado culpar a su amiga... al menos no por ahora.La salida de Victoria de la empresa, escoltada como una delincuente, dejó a todos atónitos. El chisme corrió como pólvora. La noticia de que había sido responsable del accidente que causó la muerte de la esposa del doctor André
La celda era estrecha, húmeda, y estaba impregnada del hedor a desesperanza. Compartir aquel espacio reducido con otras mujeres, cuyos rostros endurecidos y miradas frías reflejaban historias de violencia y resentimiento, la llenaba de temor. Se encogió en un rincón, como un animal herido, evitando cualquier contacto, físico o visual. No quería provocarlas… no quería destacar. La noche fue interminable. Desde su rincón, escuchaba los gritos, las discusiones, los golpes que retumbaban por los pasillos de la estación. Era un caos constante, una muestra cruda de lo que era vivir al margen de la ley.Mientras tanto, Andrés se presentó en la estación de policía con el ceño fruncido y el corazón tenso. Exigió hablar con la fiscal y todo el personal encargado del caso de Victoria. Durante horas discutieron a puerta cerrada, entre informes, evidencias y acusaciones. Finalmente, tras intensas negociaciones, lograron llegar a un acuerdo: la denuncia sería retirada. Victoria quedaría en libertad