**Mikail**
Cerré los ojos un segundo, conteniendo la frustración.
Preferí no perder los estribos. Sabía que con ellos no podía hablar de impulsos, ni de lobos agitados, ni mucho menos de atracciones que rozaban lo irracional.
Mis padres jamás entenderían algo así.
—Por favor, al menos siéntense —les pedí, señalando los sillones del despacho—. Hay cosas que quiero explicar.
Mi madre cruzó las piernas con elegancia, mientras mi padre se mantenía con los brazos cruzados, expectante.
—L