Aventura.
La palabra sonó tan vibrante, tan de nuestro pasado, que por un segundo olvidé el juzgado, los abogados y el intento de asesinato, y solo fuimos nosotros dos una vez más.
Dalton me guio a una cafetería cercana, antigua y sombría, que dijo que la conocía porque era donde preparaban el café favorito de su hermana y el día anterior se la mostró. Pedimos dos cafés negros y aunque la incomodidad era palpable, más densa que el vapor que se elevaba de nuestras tazas, nos sentamos en un rincó