El primer sonido que registré fue el constante y monótono beep-beep-beep de una máquina que monitoreaba algo en mi cuerpo. El siguiente fue el olor agudo a desinfectante, a medicamento y a sábanas recién lavadas, y también a flores. Abrí los ojos, sintiendo la pesadez en mis párpados y el techo blanco del hospital era lo último que esperaba ver. La luz fluorescente me resultaba cegadora después de tantos días de oscuridad y sombras y me quejé.
Sabía que tenía que preguntar por mi familia, pero