Los dos días que siguieron a nuestra huida del refugio de mi madre fueron un borrón de desesperación. Dejamos atrás la comodidad relativa del apartamento por la cruda realidad del abandono. Nos escondimos en las carpas de los indigentes, en un campamento improvisado cerca de las vías del tren, un lugar que olía a tierra mojada, a alcohol y a miseria. No comimos casi nada; el miedo y el dolor habían aniquilado el apetito de Daisy, y el único sonido constante era el latido de mi propio pánico.
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