Después del beso en la gala, la mansión Lombardi se había convertido en una cárcel de oro negro que se cernía sobre mí. No me gritó. Mi padre, Marco Lombardi, no era de los que gritaba. Él destruye con el silencio y la logística, con la ignorancia y las decisiones. Él era de los que atacaban sigiloso como una serpiente.
Mi teléfono privado estaba confiscado y mis tarjetas de crédito bloqueadas. Mi madre, la pobre alma, solo podía verme con ojos de piedad antes de que mi padre la enviara a “desc