Iris no dejaba de caminar por la sala, lanzando miradas constantes hacia el pasillo, como si esperara que su hermano apareciera en cualquier momento. No entendía lo que estaba sintiendo; sus emociones eran un torbellino imposible de nombrar. Hugo la observaba en silencio, respetando su espacio y esperando a que ella hablara.
—¿Qué haremos ahora? —preguntó finalmente, mientras tomaba asiento.
—¿Cuánto tiempo se quedará? —inquirió Hugo, acercándose a ella.
—No lo sé, no hemos hablado de ello. Per