Selene corría entre los árboles, el viento frío azotando su rostro, pero todo lo que sentía era el calor sofocante de la desesperación. Aron, su pequeño cachorro, se debilitaba con cada segundo que pasaba, y su corazón latía con una intensidad abrumadora. El pánico nublaba sus sentidos, pero no podía rendirse. Debía encontrar una forma de salvarlo, de restaurar el calor y la vida que apenas se aferraba a su hijo.
—¡Aguanta, mi amor, por favor! —murmuraba entre jadeos, abrazando con fuerza a A