La caja de madera sencilla descansaba a los pies de Kaelvar, pero no se detuvo más de lo necesario a observar el cuerpo que yacía en su interior; consideró aquel fracaso indigno de su atención.
La carta que había acompañado al cadáver crujió entre los dedos de su mano derecha, hasta quedar hecha una bola arrugada.
—Así que esta ha sido tu elección.
A pesar del tono aparentemente sereno, ninguno de los soldados que había llevado el ataúd se atrevió a responder ni acercarse. Permanecían inmóviles