Finn
No podíamos tener un respiro. Cada vez que lograba que Greta hablara conmigo sobre todo el asunto de los compañeros, algo nos interrumpía. Ninguno de los dos era tan tonto como para ir en contra de nuestra luna embarazadísima.
—¿Qué pasa, jefa? —Suspiró Greta. Ni siquiera ella era inmune a esas malditas escaleras.
—¡Samuel y Seth encontraron unos cachorros abandonados en la frontera! —chilló Kennedy.
—No entiendo. —Di un paso al frente, pero me mantuve detrás del hombro de Greta. No había c