—¿Y si no quiero que lo hagas? —susurró tan bajo que casi no la escuché.
—¿Qué?
—Me escuchaste —se deslizó hacia abajo y se recostó de lado, mirándome.
—Quiero ir despacio contigo. Es lo que mereces. Despacio y con cuidado. Deberías ser tratada como un tesoro y no tengo ni idea de lo que estoy haciendo. Nunca he estado con una mujer —cerré los ojos, esperando las burlas.
—Disculpa, ¿qué? —Sentí que la cama se movía a mi lado—. ¿A qué te refieres, exactamente? Porque tengo... bueno, solía tener l