El aire en la manada era espeso, como si el cielo mismo se negara a dejar entrar la luz. Desde que Isabel desapareció, el silencio había invadido cada rincón. Los guerreros caminaban cabizbajos, las cocinas estaban apagadas, y hasta los más jóvenes se contenían de jugar. Era como si la manada entera hubiese sido privada de su corazón, pero nada se comparaba con el dolor del alfa.
Ares estaba encerrado en su habitación, con el torso desnudo y el cuerpo cubierto de heridas recientes. Algunas era