La mansión de Briana parecía una joya de lujo en medio de la noche, sus muros revestidos de dorado brillaban con una luz tensa, mientras el eco de las risas vacías de los invitados se mezclaba con el tintineo de las copas de vino. Todo estaba en su lugar, perfectamente calculado, como si la misma esencia de la celebración fuera un capricho de las apariencias. La fiesta no era por amor, ni por alegría. Era solo una farsa y el telón de fondo era Isabel.
Isabel, con su rostro marcado por el cansa