La habitación estaba cuidadosamente adornada, con sedas suaves colgando de las paredes de piedra, alfombras gruesas sobre el suelo y un ventanal que dejaba entrar la luz pálida del amanecer. Parecía una habitación de reina, y en cierta forma, lo era. No por su título, sino por lo que representaba: la joya más codiciada por quienes deseaban doblegarla.
Isabel estaba sentada frente a un tocador, cepillando lentamente su cabello. Los mechones rubios deslizándose entre sus dedos eran el único sonid