El campamento estaba erguido sobre una colina vigilada por centinelas noche y día. Las tiendas, hechas de piel de lobo curtida y lino grueso, estaban marcadas con símbolos antiguos de protección. Los estandartes ondeaban con la insignia de Luna Llena, firmes pese al viento que traía el eco de la batalla que se avecinaba. En cada rincón, la tensión se palpaba como un pulso invisible. Los Guerreros entrenaban sin descanso, los sanadores preparaban bálsamos y tónicos, y los brujos consultaban orác