La manada estaba de fiesta.
Desde el primer canto del amanecer, una energía vibrante recorría el territorio como una corriente invisible. El aire olía a flores frescas, a pan horneado y a esperanza. Las casas, incluso las más modestas, se engalanaron con cintas de lino blanco y ramas de olivo trenzadas por los niños. Cada adorno era un símbolo: de paz, de fertilidad, de unidad. En cada rincón se sentía una especie de magia antigua, una que no venía solo de la luna, sino de los corazones que, p