Habían pasado semanas desde aquella noche en el salón del consejo, y mientras los días caían uno tras otro como hojas arrancadas de un libro viejo, dos fuerzas opuestas crecían en silencio, tejiendo los hilos de una guerra que aún no tenía rostro, pero sí intención.
Por un lado, Gloria.
La mujer que alguna vez fue considerada la luna perfecta “hermosa, impoluta y feroz cuando era necesario” había mutado en algo más complejo y más peligroso. Se había sacudido la vergüenza como una piel vieja y