La noche caía como un manto pesado sobre el territorio lycan, cubriéndolo todo de un gris enfermo, un presagio del desastre que se avecinaba.
Ares estaba de pie en el centro del salón de guerra, el mapa extendido sobre la mesa de piedra. Sus ojos rojos brillaban como antorchas apagadas por la rabia y la desesperación.
—Territorio neutro. —Gruñó Henrry. —Nadie domina esa zona, ni ellos ni nosotros. Si la tienen allí, es porque saben que no podemos desplegar un ejército entero. Nos acusarían de r