El ambiente estaba cargado, eléctrico, como la antesala de una tormenta brutal.
Ares no había podido emprender el viaje, pues surgieron cosas y se vio obligado a retrasarlo, por lo que la distracción de Lucía fue en vano.
Gloria se paseaba con gracia fingida por la sala donde Ares y Henrry trazaban el resto del plan. Lucía estaba de pie a un lado, con los brazos cruzados, el ceño fruncido, el desprecio saliéndole por cada poro.
—¿De verdad crees que puedes engañarnos? —Escupió Lucía, dando un