Habían pasado dos días desde el secuestro.
Dos días de encierro en aquella cueva húmeda y fría, con el eco del viento silbando entre las grietas, como una canción fúnebre que se repetía una y otra vez. Isabel estaba sentada contra una roca, abrazando su vientre con ambas manos, sintiendo el peso del cansancio, de la rabia, del asco.
Frente a ella, Logan. Su traidor, su amigo de antaño, su protector en el pasado, su puñalada en el presente.
Logan se movía por la cueva con una serenidad fingida,