La ciudad no perdonaba a los débiles y las personas no sentían lástima por un corazón roto.
Las cuentas se apilaban como montañas imposibles. La dueña de la pensión ya no aceptaba excusas. Logan apenas podía ocultar la desesperación tras esa sonrisa cansada que usaba para tranquilizarla. Odiabä no poder ayudar a Isabel tal y como lo hacía en la manada.
El dinero de los pasteles no alcanzaba. El turno de limpieza en las oficinas la estaba matando, y el cansancio pesaba más cuando sabía que en su