La sanadora dijo que no tenía nada roto.
Nick no pareció tranquilizarse.
Yo sí.
O fingí.
Me habían limpiado la sangre de la sien, vendado la herida y obligado a permanecer sentada durante una eternidad mientras la mujer me hacía preguntas.
—¿Mareo?
—Un poco.
—¿Náuseas?
—No.
—¿Ves doble?
—No.
Nick estaba de pie detrás de ella.
No hablaba.
Eso era peor que si lo hiciera.
Cada vez que la sanadora tocaba mi cabeza, notaba cómo se tensaba.
—Tendrás dolor esta noche —dijo ella—. Y mañana probablement