Mundo ficciónIniciar sesiónHabía imaginado que un Rey Alfa tendría que parecer distinto.
Más viejo, quizá.
Uno de esos hombres de los relatos que permanecían sentados mientras los demás se movían por ellos.
Nick no se parecía en nada.
Lo vi por primera vez desde el extremo del gran salón.
Era alto. Lo bastante para destacar incluso entre sus guerreros. Llevaba el cabello oscuro algo desordenado después del viaje y una capa negra sujeta sobre un hombro. No tenía corona.
No la necesitaba.
La gente se apartaba antes de que llegara.
Yo sostenía una jarra de vino con las dos manos.
—No mires tanto —murmuró una criada a mi lado.
Bajé los ojos.
Tenía razón.
No tenía ninguna razón para observarlo.
Elya sí.
Apareció junto a la mesa principal con su vestido azul y las piezas de plata brillando entre el cabello.
—Majestad.
Nick inclinó ligeramente la cabeza.
—Elya.
Ella sonrió.
Él fue correcto.
Nada más.
No debería haberme importado.
Me coloqué junto a una columna esperando la señal para servir.
Podía escuchar conversaciones sobre rutas comerciales, madera, cosechas y una frontera del norte que llevaba semanas causando problemas.
Después noté algo.
Una mirada.
Levanté los ojos.
Nick estaba observándome.
El aire se quedó atrapado demasiado arriba en mi pecho.
Aparté la vista.
Seguramente miraba a alguien detrás.
—Serafine.
La voz del Alfa me hizo dar un pequeño respingo.
—El vino.
Me acerqué.
Nick estaba sentado a su derecha.
Elya, a pocos lugares de distancia.
Incliné la jarra.
Una gota cayó junto al borde de la copa.
El Alfa agarró mi muñeca.
—¿Qué te ocurre hoy?
El dolor de los dedos quemados me subió por el brazo.
—Nada.
—Entonces sirve como es debido.
Su mano apretó.
Tragué.
Elya sonreía.
Volví a inclinar la jarra.
—Basta.
La palabra no fue fuerte.
No necesitó serlo.
La mano desapareció de mi muñeca.
Nick miraba al Alfa.
—Solo estaba corrigiendo a una sirvienta.
—La he visto servir. No necesitaba que la sujetaras.
El salón quedó tan quieto que escuché un tronco romperse dentro del fuego.
El Alfa sonrió.
No había alegría en ello.
—Serafine ha crecido aquí. A veces necesita que le recuerden sus obligaciones.
Nick bajó los ojos hacia mi muñeca.
Las marcas de los dedos empezaban a aparecer.
Después me miró a la cara.
Nuestros ojos se encontraron.
Algo cambió en su expresión.
Fue tan rápido que no habría sabido explicarlo.
Sus pupilas parecieron ensancharse.
Durante un instante sentí que me observaba como si hubiese encontrado algo que no esperaba ver allí.
Después sus ojos descendieron.
Hasta mi boca.
Volvieron a subir.
El calor me llenó las mejillas.
No entendí por qué.
Elya sí pareció comprender algo.
Había dejado de sonreír.
—¿Cómo te llamas? —preguntó Nick.
Miré al Alfa antes de contestar.
La mandíbula del Rey se tensó.
—Serafine.
—Serafine qué.
Mis dedos se cerraron alrededor de la jarra.
—No tengo apellido.
—¿Familia?
Negué.
—Me encontraron frente a las puertas cuando era un bebé.
El Alfa apoyó una mano sobre la mesa.
—Eso no tiene importancia para nuestra cena.
Nick siguió mirándome.
—Yo decidiré qué tiene importancia cuando pregunto.
El silencio se volvió insoportable.
Quería marcharme.
Esconderme en las cocinas.
Hacer algo que supiera hacer.
El Alfa habló.
—Puedes retirarte.
Di un paso atrás.
La jarra resbaló.
Una mano sujetó mi muñeca antes de que pudiera caer.
Nick.
Esta vez el contacto no dolió.
Sus dedos rodeaban mi piel sin apretar.
Su pulgar quedó justo sobre el interior de mi muñeca.
Mi respiración cambió.
Fue pequeño.
Ridículo.
Pero él lo notó.
Sus ojos bajaron hacia el lugar donde me tocaba.
Después regresaron a los míos.
Tardó un segundo más de lo necesario en soltarme.
—Ten cuidado.
Su voz había cambiado.
Más baja.
—Sí.
Me alejé.
Sentía el pulso exactamente donde había estado su pulgar.
Al llegar a la puerta cometí el error de mirar atrás.
Nick seguía observándome.
No a Elya.
No al Alfa.
A mí.
Y junto a él, la hija del Beta me miraba con una expresión que nunca le había visto antes.
No era burla.
Era algo mucho peor.







