Mundo ficciónIniciar sesiónLa llegada del Rey convirtió Colmillo Plateado en un hormiguero.
Antes del mediodía ya había limpiado el gran salón, cargado dos cubos de agua, movido una mesa que después ordenaron devolver exactamente al lugar donde estaba y fregado una parte del suelo que otro trabajador había ensuciado con barro cinco minutos más tarde.
Mis dedos quemados ardían cada vez que cerraba las manos.
No dije nada.
—Más rápido.
La supervisora de lavandería dejó una cesta delante de mí.
—Las sábanas del ala oeste.
Miré hacia las cocinas.
—Mara me está esperando.
—Pues tendrá que esperar.
Cogí la cesta.
Elya apareció cuando cruzaba el patio.
Ya no llevaba el vestido de aquella mañana.
El nuevo era azul oscuro, con un escote más bajo y mangas bordadas en plata. Dos mujeres trabajaban en su cabello mientras ella permanecía inmóvil como si todo Colmillo Plateado hubiese detenido sus obligaciones para prepararla.
—Tú.
Seguí caminando un paso antes de comprender que me hablaba.
—¿Sí?
—Mi vestido verde necesita vapor.
—No trabajo en tus habitaciones.
Su ceja se levantó.
El miedo llegó antes que el arrepentimiento.
—Quiero decir... puedo avisar a alguien.
—Hazlo tú.
Apreté la cesta.
—Tengo que llevar esto.
Elya miró a sus acompañantes.
—Parece que hoy ha decidido que puede escoger sus órdenes.
No podía.
Ella tampoco tenía derecho a dármelas.
Ambas cosas podían ser ciertas a la vez.
Por primera vez pensé en decirle que no.
Una de las sábanas resbaló.
Intenté sujetarla.
Elya movió el pie.
Solo un poco.
La tela cayó directamente sobre un charco.
—Oh.
Mi estómago se hundió.
La supervisora apareció detrás de mí.
—Serafine.
Me agaché.
—Ha sido un accidente.
—Siempre es un accidente contigo.
—Yo la vi —dijo Elya—. Iba distraída.
Levanté la cabeza.
Ella me sostuvo la mirada.
Atrévete.
Eso decía su expresión.
Mis dedos se cerraron sobre la tela mojada.
—La lavaré otra vez.
—Naturalmente. Agua, jabón, leña, tiempo... Todo cuesta. A veces no sé si entiendes lo afortunada que eres.
Afortunada.
La palabra que había escuchado desde que aprendí a comprender frases completas.
Afortunada de que el Alfa hubiese permitido quedarse a una niña abandonada.
Afortunada de comer.
Afortunada de tener techo.
Afortunada de seguir allí.
—Lo entiendo.
—Entonces compórtate como si lo entendieras.
Elya pasó a mi lado.
Su perfume permaneció después de que ella se marchara.
—El vestido verde —susurró.
No fui a buscarlo.
Fue una rebelión diminuta.
Tan pequeña que nadie más habría sabido reconocerla.
Pero terminé las sábanas antes de hacer cualquier otra cosa.
Cuando regresé a la cocina tenía las manos arrugadas por el agua y el estómago vacío.
Mara me miró.
—¿Dónde estabas?
—Lavandería.
Señaló una montaña de verduras.
—Pela.
Me senté.
No había terminado la primera cuando dejó un trozo de pan junto a mi mano.
—Come.
—No tengo hambre.
Mi estómago gruñó.
Mara me miró.
Miré el pan.
—Tal vez un poco.
—Qué sorpresa.
Cogí el primer bocado.
El sabor me hizo comprender cuánta hambre tenía realmente.
—Gracias.
—Mañana puedes agradecérmelo trabajando. Hoy come.
Estaba levantando otra vez el pan cuando las puertas se abrieron.
El Alfa entró.
La cocina quedó en silencio.
Sus ojos fueron directamente hacia mí.
—¿Por qué sigues vestida así?
Miré el delantal manchado.
—Estoy trabajando.
—Esta noche servirás en el gran salón.
El pan se detuvo frente a mi boca.
—¿Yo?
Su expresión se endureció.
—¿Es una pregunta?
Bajé la mano.
—No. Perdón.
—El Rey del Oeste cenará con nosotros. Faltan manos y tú conoces el servicio.
Eso era cierto.
También era cierto que jamás me permitían acercarme a invitados importantes si podían evitarlo.
—Sí, Alfa.
Se acercó un paso.
—Y Serafine.
Levanté los ojos.
—Procura no avergonzarme.
Sentí la frase en el pecho.
Como si mi existencia pudiera ser una mancha sobre él.
—No lo haré.
Salió.
Mara tardó unos segundos en hablar.
—No sueles servir la mesa principal.
—Ya.
—¿Por qué ahora?
Negué.
No tenía respuesta.
Desde el exterior llegó el sonido de un cuerno.
Uno.
Después otro.
Un murmullo recorrió el patio.
Me puse de pie.
Mara se acercó a la ventana.
—Han llegado.
A través del cristal vi hombres desmontando caballos oscuros.
Capas.
Armas.
El emblema del sol bordado sobre telas profundas.
En el centro de la comitiva, un hombre bajó de un caballo negro.
Incluso desde aquella distancia resultaba evidente quién era.
Elya apareció en el patio casi al mismo tiempo.
Perfectamente vestida.
Perfectamente peinada.
Perfectamente colocada para que él la viera.
Yo me miré las manos húmedas y el delantal lleno de harina.
—Serafine —dijo Mara.
—¿Sí?
—Termina de comer.
El Rey Alfa de Sol del Oeste acababa de cruzar nuestras puertas.
Y aquella noche yo tendría que servirle vino.







