Antes del despegue, Alex cambió de asiento para quedar entre Andrea y mí. Durante todo el vuelo, la que no paraba de hablarle ya no era yo, sino Andrea. Mientras tanto, yo apenas intervenía y, gracias al wifi del avión, conversaba de vez en cuando con mi asistente de IA.
"¿De verdad vas a aparecer?"
"Siempre que tú lo desees, apareceré".
El corazón se me aceleró y las mejillas comenzaron a arder.
Entonces oí la voz de Alex a mi lado.
—¿Por qué estás tan roja? No me digas que otra vez tienes fiebre. De verdad eres un caso.
Por costumbre, hizo ademán de buscar en su bolso, pero enseguida recordó que esta vez no había guardado ninguno de los medicamentos que solía llevar para mí.
—No busques. No tengo fiebre —le dije—. Y de ahora en adelante tampoco tendrás que cargar con esas cosas por mí.
Alex quiso responder, pero Andrea atrajo su atención: se había derramado una bebida encima.
Vi cómo le secaba con paciencia las piernas y la ropa con unas servilletas, sin quejarse ni una sola vez. La escena hasta parecía romántica.
Por alguna razón, Andrea me llamó en ese momento.
—Lucía, así era como Alex cuidaba de ti antes, ¿verdad? Ahora me da un poco de pena haberme convertido en la tercera en discordia.
No entendía cómo Andrea conseguía volver incómoda cualquier situación. Sonreí sin responder y me levanté para ir al baño.
Justo entonces, el avión atravesó una zona de turbulencia. Perdí el equilibrio y me fui de espaldas. Un zumbido me llenó los oídos.
Cuando ya creía que acabaría en el piso, unos brazos fuertes me sostuvieron con firmeza.
En ese instante recordé las palabras de mi asistente de IA.
"Estoy aquí. No me esconderé, no huiré ni me apartaré. Estaré listo para sostenerte".
Pero cuando giré la cabeza, lo primero que vi fue la calva de un hombre de unos cincuenta años.
***
—Cuidado, jovencita.
Me incorporé a toda prisa.
—Muchas gracias, señor.
Al segundo siguiente, Alex me sujetó de la muñeca y me hizo a un lado, junto a los asientos, con el rostro tenso.
—¿De verdad tenías que fingir una caída para llamar mi atención?
Yo aún quería desaparecer por la vergüenza de lo ocurrido. Al escuchar su reproche, me sentí todavía más miserable.
—¿De qué estás hablando?
Ni siquiera le importó que hubiera estado a punto de caerme.
—No finjas que no entiendes. Deja de hacer escenas para provocarme. ¿Es que no puedes vivir sin depender de mí?
Parecía hablar completamente en serio.
Si podía decirme algo tan cruel, era porque ya no le importaba en absoluto. Respiré hondo y respondí con voz apagada:
—Ya entendí.
Después entré al baño sin mirar atrás y permanecí allí, encerrada, durante diez minutos.
Entonces lo comprendí.
Ya no quería seguir enamorada de Alex.