Capítulo 2
Mi cara debió de expresar con toda claridad: "¿Hablas en serio?".

Había sido él quien, de la nada, me dijo que estaba harto de que lo siguiera y dependiera de él. También había sido él quien me envió aquella misteriosa aplicación de IA.

—¿Por qué tendría que decírtelo?

Mi respuesta dejó a Alex sin palabras. Su rostro se ensombreció.

—¿Tus padres de verdad te dejarían viajar sola?

Sin saber por qué, pensé en mi asistente de IA.

—¿Quién dijo que voy sola?

Alex soltó una risa desdeñosa.

—Te conozco. Hasta para ir al supermercado de la esquina necesitas que te acompañe. ¿Quién más podría ir contigo? Aunque tus padres te dejaran, mi madre tampoco…

Su celular sonó antes de que terminara. Era su madre, Mónica Galindo.

Como no oía bien, no alcancé a entender lo que Mónica decía al otro lado de la línea. Sin embargo, por las respuestas de Alex y su expresión cada vez más irritada, pude deducir que Mónica le estaba pidiendo que fuera conmigo a Isla Mareluna.

Podía haberse negado. Pero, después de colgar, suspiró.

—Está claro que nunca voy a poder librarme de ti.

Me quedé paralizada.

Entendía por qué Mónica actuaba de aquella manera.

Cuando éramos pequeños, mi discapacidad auditiva todavía no era tan grave. Alex, siempre travieso, acercó un megáfono encendido a mi oído y gritó mi nombre a todo volumen. Me tapé las orejas y rompí a llorar. Poco después, tuvieron que llevarme al hospital.

El diagnóstico no fue alentador: a partir de entonces tendría que usar aparatos auditivos de forma permanente.

Mis padres no dijeron nada, pero Mónica se enfureció. Le dio una buena paliza a Alex y lo obligó a jurar frente a mí:

—Yo, Alex Trujillo, prometo cuidar siempre de Lucía Mendoza, tratarla bien y no volver a lastimarla.

El pequeño Alex lloraba con los hombros temblorosos. A esa edad ni siquiera entendía lo que significaba hacerse responsable de alguien.

Sin embargo, para sorpresa de todos, cumplió su promesa. Desde los seis hasta los dieciocho años, él fue mi apoyo, la persona capaz de entenderme sin que yo pronunciara una sola palabra.

Como lo conocía tan bien, me di cuenta enseguida de que Alex había empezado a sentir algo por Andrea.

Todo empezó unos tres meses antes de los exámenes nacionales de admisión universitaria. Andrea, que siempre había estado entre los alumnos con las calificaciones más bajas del curso, de pronto comenzó a estudiar en serio. Alex se burló mientras pelaba un huevo cocido para mí.

—Después de perder tanto tiempo, ahora se arrepiente. ¿De verdad cree que en tres meses alcanzará a quienes llevan tres años esforzándose? No soporto a la gente así.

En aquel entonces, Alex detestaba a Andrea porque siempre llegaba tarde, faltaba a clases y armaba alboroto durante las lecciones.

Hasta que un día se encontró con ella en el descanso de una escalera. Los simulacros de admisión que Andrea llevaba en brazos se le cayeron al suelo, y Alex vio que todos estaban llenos de anotaciones.

Desde aquel día empezaron a acercarse.

Un mes antes de los exámenes, Alex invitó a Andrea a unirse al pequeño grupo de estudio que hasta entonces formábamos solo él y yo, decidido a ayudarla a alcanzar el puntaje necesario para postular a la universidad. Fue entonces cuando empezó a ignorarme.

Así que era normal que quisiera marcar distancia conmigo.

Tras pensarlo, respiré hondo.

—No tienes que venir. Yo hablaré con Mónica para que no se enoje contigo.

Alex sonrió con amargura y sacó su pase de abordar del bolsillo. Luego miró a Andrea.

—De todos modos ya iba a viajar contigo, pero parece que ahora también tendré que hacerme cargo de Lucía.

Ellos se miraron y sonrieron.

Yo abrí la aplicación de mi asistente de IA.

"Creo que estoy de más en la historia de estos dos".

"Eso suena fatal".

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