Capítulo 39. El espejo no miente
Desperté antes que él. Estábamos abrazados; su mano seguía apretada en mi cintura, y su respiración era lenta y profunda en mi cabello. Me sentía segura, pero esa sensación nunca duraba mucho. La luz de la mañana me recordó que el mundo existía y que ese secreto era demasiado grande.
Me moví un poco y Alejandro abrió los ojos al instante. Me miró, y su mirada ya no era de pasión, sino de algo muy tierno.
—¿Qué pasa? —preguntó con la voz un poco ronca.
—Tengo miedo, Alejandro —le dije, apoyando