El escape

 

Emma había estado estudiando la rutina diaria de sus captores desde que la secuestraron, y se dio cuenta de que había una falla en ella.

«Tengo que salir de este lugar ahora mismo», pensó. Se detuvo a reflexionar: «¿Pero cómo puedo someter a cuatro hombres adultos yo sola?».

Pensó con cuidado, recordando lo que su tío le había enseñado sobre habilidades de supervivencia, cómo defenderse y qué tácticas usar cuando no había armas de por medio.

«Primero, tengo que rendirme por completo y engañarlos. Así bajarán la guardia».

Emma sabía que la habían estado vigilando desde que llegó. Necesitaba un plan de escape y estaba lista para aprovechar cualquier oportunidad.

El líder entró en la habitación de los secuestradores:

—Nuestro problema está casi resuelto —dijo.

Los miembros de la banda se miraron entre sí:

—¿A qué te refieres? —preguntó uno.

—Hoy la devolveremos a casa.

—¿Cómo?

—Hice una llamada a través de uno de mis contactos y llegué a su sobrino, Eric. Me escuchó y aceptó ayudarnos antes de que el Don llegue aquí. Porque Don Moretti ya viene en camino. ¿Entienden ahora?

Todos asintieron.

—Ahora vayan a prepararla. Limpien este lugar. No dejen nada que pueda rastrearse hasta nosotros.

—Sí, jefe.

Mientras tanto, los ojos de Emma seguían fijos en la puerta trasera de la cocina. «¿Cómo llego hasta allá?».

Cuando le llevaron la comida, se sentó en silencio en la cama, fingiendo cooperar mientras ideaba una forma de escapar. Entonces se le ocurrió una idea.

Le habían servido la comida con un tenedor; eso era todo lo que necesitaba. En lugar de comer, Emma usó el tenedor para cortarse la mano. La sangre cubrió de inmediato su palma.

Un minuto después, uno de los secuestradores regresó a recoger el plato y se congeló.

Emma estaba tirada boca abajo en el suelo, fingiendo estar inconsciente. Había sangre por todas partes.

El hombre bajó corriendo las escaleras:

—¡Estamos en serios problemas!

—¿Qué pasó?

—Ella...

—¿Qué?

El líder vio la sangre en las manos del hombre y subió corriendo:

—¡Mierda!

Tomó rápidamente a Emma en brazos y la bajó.

—¡Limpien esta mesa! —La acostó y le rasgó parte de la manga para dejar al descubierto la herida—. ¡Traigan el botiquín de primeros auxilios! ¡Tú, tráeme una toalla! ¡Y tú, consigue agua!

Todos corrían aterrorizados. Si algo le pasaba a Emma Moretti... todos estaban muertos.

Emma abrió lentamente los ojos. «Ahora». Esta era la oportunidad que había estado esperando.

En un movimiento rápido, envolvió sus piernas alrededor del cuello del líder y lo atrapó en una llave de estrangulamiento. Él luchó, pero su respiración se volvió débil hasta que se desmayó.

Emma se puso de pie de un salto. Se envolvió rápidamente la mano sangrante con el trozo de tela desgarrado para detener la hemorragia y corrió. Empujó la puerta trasera de la cocina y desapareció en el bosque detrás de la casa.

En ese momento, una camioneta negra se detuvo afuera del escondite. Un hombre bajó y caminó hacia la puerta principal.

Toc. Toc. Toc.

Los secuestradores se congelaron.

—¿Quién es? —susurró uno de ellos.

Nadie respondió. Corrieron hacia donde estaba su líder, solo para encontrarlo inconsciente en el suelo.

—¿Dónde está ella? —preguntó uno. Todos miraron a su alrededor.

Silencio. Entonces cayeron en la cuenta: Emma los había engañado.

La herida... la sangre... Todo había sido una distracción para poder escapar.

Los golpes se hicieron más fuertes.

¡Bang! ¡Bang! ¡Bang!

—¿Qué hacemos?

—¡Despierten al jefe primero!

Lo reanimaron rápidamente. Él tosió varias veces antes de abrir los ojos.

—¿Dónde está?

—No lo sabemos. Te encontramos inconsciente. ¿Qué te pasó?

Antes de que pudiera responder...

¡Bang! ¡Bang!

Los golpes sonaron de nuevo.

—¿Quién es?

—No lo sabemos.

Aún luchando por respirar tras el estrangulamiento, el líder caminó hacia la puerta y miró por la mirilla. Sus ojos se abrieron de par en par.

—Es Eric.

Arió la puerta rápidamente y Eric entró furioso:

—¿Por qué me hicieron esperar? —Sus ojos cayeron de inmediato en las manchas de sangre que cubrían el suelo—. ¿Qué pasó aquí? ¿De quién es esta sangre? ¿Dónde está Emma?

Nadie respondió. Finalmente, uno de los secuestradores bajó la cabeza:

—Escapó.

—¿Qué? —La expresión de Eric cambió—. ¿Qué hacen ahí parados? ¡Vayan tras ella! Sus vidas dependen de traerla de vuelta.

Los secuestradores salieron corriendo de inmediato, siguiendo las huellas que llevaban hacia el bosque. Unas pocas gotas de sangre manchaban el suelo.

Eric los siguió.

Treinta minutos después...

En lo profundo del bosque, Emma estaba sentada debajo de un árbol, exhausta. Su mano herida estaba fuertemente vendada con la tela, pero la sangre aún se filtraba. Apenas podía mantener los ojos abiertos.

De repente, escuchó pasos detrás de ella. Se giró rápidamente y vio un rostro familiar.

—Viniste por mí. —Corrió hacia él y lo abrazó con fuerza.

—Sí —dijo Eric con suavidad—. Vine por ti. No tengas miedo, ya estoy aquí.

Emma lo sujetó aún más fuerte. Por primera vez desde que despertó, se sintió a salvo.

Eric miró a su alrededor lentamente. Nadie estaba cerca. Bajó la cabeza:

—Lo siento, Emma.

Ella frunció el ceño:

—¿A qué te refieres...?

¡Bang! ¡Bang!

Dos disparos resonaron en el bosque. Emma se ahogó en un jadeo. Un dolor punzante le explotó en la espalda y sintió cómo su cuerpo se debilitaba. Miró hacia abajo, viendo la sangre extenderse por su ropa.

Levantó la vista lentamente hacia Eric:

—¿Por qué...?

Se desplomó sobre la tierra.

En ese momento llegaron tres secuestradores:

—¿Qué has hecho?

Eric se giró sin dudarlo.

¡Bang! ¡Bang! ¡Bang!

Abrió fuego y los tres cayeron abatidos al suelo. Eric miró los cuerpos.

—Quedan dos.

Momentos después, el líder y el otro secuestrador llegaron tras escuchar las detonaciones. Se detuvieron horrorizados: sus hombres estaban muertos y Emma yacía sobre un charco de sangre. El líder lo entendió todo: Eric nunca había ido a rescatar a Emma, sino que planeaba culparlos a ellos de todo.

—¡Corre! —gritó el líder.

Los dos hombres se dieron la vuelta y huyeron. Eric los divisó y disparó varias veces, pero las balas fallaron.

—¡Mierda! —maldijo, e inició la persecución.

El convoy de Martin avanzaba a gran velocidad por la carretera cuando el sonido de los disparos retumbó desde el bosque.

Martin levantó la mano de inmediato:

—¡Detengan el auto!

El convoy se frenó en seco. Él saltó del vehículo:

—¡Conmigo!

Martin y sus hombres corrieron hacia el origen de los disparos. Momentos después, Martin se congeló.

Emma yacía en el suelo, rodeada de sangre. Cayó de rodillas y le tomó el pulso rápidamente. Había latido... débil, pero aún estaba allí.

Un alivio inmenso cubrió su rostro. Sin perder un segundo más, la cargó en brazos y la llevó de vuelta a la camioneta.

—¡Maneja! ¡Al penthouse! —Miró a Emma, cuyo rostro ya se había tornado pálido—. Llamen al médico. —Su voz temblaba de rabia—. Quienquiera que haya hecho esto... cruzó la línea.

Le apartó suavemente un mechón de pelo del rostro: —Por favor, despierta... Por favor, Emma...

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