Mundo ficciónIniciar sesiónTras darse cuenta de que habían secuestrado a la Emma equivocada, el pánico se extendió por el escondite. Devolverla a salvo era ahora su única oportunidad de sobrevivir.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó uno de los secuestradores con ansiedad.
El líder permaneció en silencio durante unos segundos, pensando detenidamente. Hacerle daño a Emma Moretti ya no era una opción.
Finalmente, habló:
—Por ahora, mantenerla a salvo. —Señaló a uno de los hombres—: Tú. Ve y consigue algo de comer para ella. —Luego se giró hacia otro—: Y tú, cómprale algo de ropa para que se cambie.
Sus ojos se dirigieron a los dos hombres restantes:
—Ustedes dos vigilarán su habitación. Túrnense. No la dejen sola.
—Sí, jefe.
El líder tomó su teléfono:
—Voy a hacer unas llamadas. Necesito información.
—¿Qué tipo de información?
—Necesito saber si su padre ya sabe que la secuestraron. Si lo sabe... —Hizo una pausa—: ...no tenemos mucho tiempo.
Sin decir una palabra más, salió de la habitación.
Mientras tanto...
Don Alexandro Moretti permanecía en silencio frente al ventanal de su oficina, que iba del piso al techo.
Su expresión era serena.
Demasiado serena.
Cualquiera que lo conociera sabía que su silencio era mucho más aterrador que su ira.
Detrás de él, varios de sus hombres entraron a la oficina. Sus rostros exhaustos revelaban que habían estado buscando durante toda la noche.
Uno de ellos dio un paso al frente:
—Don.
Alexandro se giró lentamente.
—La hemos localizado.
La habitación quedó en completo silencio.
—¿Y?
—Estamos listos para actuar.
Una fría sonrisa apareció en el rostro del Don.
—Bien. —Se abotonó el saco del traje—. Traigamos a mi hija a casa.
En cuestión de segundos, la mansión cobró vida. Hombres armados corrieron hacia sus vehículos.
Cuando Alexandro salió del ascensor privado, todos se hicieron a un lado por instinto, inclinando la cabeza en señal de respeto. Sin decir más, subió a la camioneta que lo esperaba.
El convoy salió a toda velocidad de la mansión.
Martin estaba cómodamente sentado en el sofá de su oficina con un iPad sobre el regazo. El perfil de Emma llenaba la pantalla.
Había leído cada detalle sobre ella: su educación, su entorno familiar, sus logros, su vida en Inglaterra... Cuanto más aprendía sobre ella, más fascinado quedaba. Una leve sonrisa cruzó su rostro.
—No puedo esperar a volver a verte. —Frunció el ceño para sí mismo—. ¿Por qué no puedo dejar de pensar en ella?
Unos golpes en la puerta interrumpieron sus pensamientos.
—Adelante.
Uno de sus escoltas entró:
—Jefe.
Martin levantó la vista:
—¿Qué pasa?
—La encontramos.
Martin se puso de pie de inmediato:
—¿En serio?
—Sí, jefe.
Una mirada distinta apareció en los ojos de Martin.
—Reúne a todos. Nos vamos ahora mismo.
El escolta asintió y salió a toda prisa. Antes de seguirlo, Martin miró la fotografía de Emma una última vez.
—Resiste, cariño... Ya vamos.
En otro lugar...
Una camioneta negra avanzaba a toda velocidad por la ciudad. En su interior, un hombre permanecía en silencio, observando el camino.
—Tengo que llegar allí antes que nadie. —Miró por la ventana—. Antes de que alguien la salve.
Una sonrisa cruel se extendió lentamente por su rostro.
—Entonces... el viejo imbécil será el siguiente.
El vehículo se perdió en la distancia.







