La sala de prensa olía a café rancio y a tensión. Siempre olía así después de los partidos. Ganaran o perdieran. Daba igual.
Pero esta noche, la tensión era mayor.
Podía oír el ruido incluso antes de entrar. Reporteros hablando a la vez, sillas arrastrándose y teléfonos vibrando.
El entrenador caminaba a mi lado en silencio por el pasillo, con una expresión indescifrable.
Con la máscara profesional puesta. «Sabes cómo manejar esto», dijo finalmente. No era un estímulo. Era una exigencia.
Asentí