Debí haberme ido antes.
Ese fue el primer pensamiento que me asaltó al entrar en la planta baja y ver las cámaras. No eran aficionados, ni gente pidiendo autógrafos; eran los medios de comunicación.
Grupos de ellos merodeaban cerca del pasillo restringido que conducía a los vestuarios, con sus credenciales colgadas al cuello y los teléfonos en la mano. Estaban esperando y observando.
En cuanto los vi, uno de ellos me vio. Y entonces todo cambió.
—¡Harper!
Sentí un nudo en el estómago. Otra voz