CRUELLA
Las puertas del palacio se alzaban como la boca de una bestia lista para tragarme por completo.
Las cadenas de hierro mordían mis muñecas, vibrando con magia supresora, pero no podían silenciar lo que rugía dentro de mí. El fuego presionaba contra mis costillas. La sombra se enroscaba a lo largo de mi columna. Y ese tercer poder—antiguo, soberano, paciente—observaba en silencio, esperando permiso.
Los guardias me arrastraron por corredores que antes solo había recorrido en libertad. Los sirvientes bajaban la cabeza. Algunos miraban demasiado tiempo. Otros no se atrevían a mirarme en absoluto.
Todos lo sentían.
Algo había cambiado.
Cuando las puertas de la sala del trono se abrieron, un aire frío me envolvió, pesado de autoridad y pecados antiguos. Queen Sheila estaba sentada, esperando, con la postura relajada y una sonrisa tan fina como una hoja.
—Así que —dijo suavemente—. La hija de mi hermana por fin está ante mí.
Mi corazón golpeó con violencia, pero me negué a dejar que