CRUELLA
Las puertas del palacio se alzaban como la boca de una bestia lista para tragarme por completo.
Las cadenas de hierro mordían mis muñecas, vibrando con magia supresora, pero no podían silenciar lo que rugía dentro de mí. El fuego presionaba contra mis costillas. La sombra se enroscaba a lo largo de mi columna. Y ese tercer poder—antiguo, soberano, paciente—observaba en silencio, esperando permiso.
Los guardias me arrastraron por corredores que antes solo había recorrido en libertad. Los