CRUELLA
La Academia nunca me había visto así mientras caminaba junto a los guardias.
Los arcos de piedra se alzaban altos sobre el patio mientras mi carruaje cruzaba las puertas, los sigilos reales brillando contra el acero negro. Solo el sonido—metal contra piedra, botas disciplinadas golpeando en un ritmo perfecto—obligaba a cada conversación a morir a mitad de frase.
Bajé lentamente.
No porque necesitara tiempo.
Sino porque quería que me vieran.
Mi vestimenta no era suavidad ceremonial. Era poder hecho llevable—tela oscura entrelazada con runas de plata, una capa con el escudo de Greenville cayendo pesada sobre mi espalda. La corona estaba ausente, pero no importaba. La autoridad se adhería a mí como una segunda piel, innegable, asfixiante.
Un murmullo de asombro recorrió el patio.
Los estudiantes se congelaron donde estaban. Los instructores se tensaron. Susurros brotaron como fuego salvaje.
Esa es Cruella.
No—mírenla.
¿Es eso… una valoración real?
Los guardias se desplegaron detr