CRUELLA
La Academia nunca me había visto así mientras caminaba junto a los guardias.
Los arcos de piedra se alzaban altos sobre el patio mientras mi carruaje cruzaba las puertas, los sigilos reales brillando contra el acero negro. Solo el sonido—metal contra piedra, botas disciplinadas golpeando en un ritmo perfecto—obligaba a cada conversación a morir a mitad de frase.
Bajé lentamente.
No porque necesitara tiempo.
Sino porque quería que me vieran.
Mi vestimenta no era suavidad ceremonial. Era