CRUELLA
El palacio de Greenville nunca se había sentido tan ligero, ni siquiera en los primeros días de mi reinado. Había un nuevo ritmo en sus pasillos, una nueva música en sus salones. Las risas, antes apagadas y temerosas, resonaban libremente. Las conversaciones ya no se susurraban en secreto; se compartían abiertamente, sin sospecha ni miedo. Era la primera vez en siglos que sentía el pulso de la vida aquí, sin la sombra del peso de la tiranía.
Caminé por el salón principal con mis tres ma