Elena miró la silla que le ofrecía como si fuera un bicho.
¿Esto era en serio?
—Xander, ¿qué pretendes?
No se sentó; se limitó a observarlo.
Su rostro, estúpidamente guapo, se mantuvo inexpresivo, como si su cuestionamiento fuera lo que no tuviera sentido.
Lo insólito de toda esta situación era que los guardaespaldas que la acompañaban ya no mostraban la misma hostilidad de antes, como si en el fondo todo hubiera sido fríamente calculado por él y su padre.
—Solo quiero que conversemo