—Luna, ya es hora de irnos.
Elena no quería ser la mala en esto, pero tampoco podía pasar toda la noche esperando.
Los ojos de la niña se humedecieron, mientras asentía con obediencia.
—¡Chao, papá!
Se suponía que ese era el final. Un corto adiós y cada quien seguiría con su camino, pero en cuanto pasó por el lado del hombre, él sostuvo su brazo, impidiéndole marchar.
—Solo... un momento.
Sintió el suave apretón que la dejó paralizada. Pero no era la fuerza, tampoco la solicitud; era ese imán i