Xander se quedó en silencio por un segundo.
—¿Tengo los ojos verdes? —continuó Valli, sin perder el hilo—. Mírame —se señaló—: soy moreno. Esa niña es demasiado pálida. Hasta un ciego podría ver que no es mi hija.
—No es tu hija… —repitió él, más para sí mismo, como si finalmente aquello encajara en su mente.
—¡No, no lo es! —exclamó Adrián, alzando las manos en un gesto exagerado—. ¡Por fin! ¡Eso es lo que he estado diciendo desde que llegué!
Estaba verdaderamente aturdido. ¿Por qué le habían