—¿A dónde me llevas? —logró balbucear cuando el hombre retiró la mano que tapaba su boca y ordenó a su chofer que arrancara el auto.
—¿No es obvio? Lejos de tu esposo, Julieta —contestó él como si nada. Sin culpa, sin pena.
—¡¿Te has vuelto loco?! —chilló histérica, ansiando moverse y atacarlo, pero sin poder hacerlo porque lo primero que él había hecho era atarle las manos. ¡El muy imbécil!—. Mi hija está adentro…
—Estoy seguro de que esa enfermera que tanto defiendes la cuidará bien.
—Pero… —