AMELIA
El timbre del ascensor rompió el silencio de la estancia pasadas las ocho de la noche. Aarón y yo nos tensamos en el sillón de la sala, interrumpiendo la plática tranquila que manteníamos tras regresar del canal. Las puertas se abrieron de golpe y el abuelo Mateo Kane apareció en el umbral, impecable en su traje oscuro y apoyando ambas manos con firmeza sobre el pomo de su bastón. Llegaba sin avisar al ático y su rostro severo delataba que no venía de visita social.
—Espero que tengan un