AARÓN
Entré al comedor guardando el celular en el bolsillo de mi pantalón, todavía con la mandíbula tensa por los últimos datos que Sebastián me había soltado por la línea. La estancia estaba en una penumbra suave, rota únicamente por las luces del pasillo. Al mirar hacia la mesa, vi a Amelia de pie, estática, tocándose el vientre con los dedos temblorosos.
—Tu abuelo se ha ido, Aarón —me dijo en un susurro, con la voz notablemente rota y los ojos oscuros inundados de una angustia que no pudo o