AMELIA
La puerta de mi habitación se abrió de golpe y me siento en el colchón con el pulso acelerado. La silueta de Aaron se recorta contra la penumbra del pasillo y avanza hacia mí con pasos lentos, decididos, cargados de una determinación que me corta el aliento por completo. No dice una sola palabra, pero no hace falta; la forma en que se quita la playera y la arroja al suelo me indica exactamente lo que va a pasar. No hay espacio para las reglas falsas de nuestro trato, ni para la frialdad