Mundo ficciónIniciar sesiónAMELIA
El dolor punzante entre mis piernas fue el primer recordatorio de que mi mundo se había quebrado, después vino el mareo, una oleada de náuseas que me obligó a apretar los párpados. Cuando finalmente logré abrir los ojos, el techo desconocido de la suite comenzó a girar. El aire olía a perfume masculino y sexo. Sexo. La palabra detonó en mi cerebro, me senté de golpe ignorando la punzada de dolor en mi vientre y la sábana blanca resbaló por mis hombros. Giré la cabeza y el corazón se me detuvo, había un hombre sentado al borde de la cama, dándome la espalda. Era alto, de hombros anchos y una piel que parecía tallada en mármol. El pánico me atravesó el pecho al ver mi vestido hecho jirones en el suelo, abandonado junto a una máscara negra de terciopelo. Los recuerdos llegaron como flashes: el calor del elevador, sus manos grandes apretando mi cintura, sus besos desesperados que me hicieron sentir deseada por primera vez en veintiún años. Un gemido de horror escapó de mi garganta y me cubrí de inmediato, subiendo la sábana hasta la barbilla. —¿Qué… qué pasó? —susurré con la voz rota, rogando que esto fuera una pesadilla. El hombre soltó una risa seca, un sonido desprovisto de cualquier rastro de calidez. —¿Ahora vas a fingir amnesia? Qué predecible —dijo sin dignarse a mirarme. —Yo… no entiendo nada… —balbuceé, sintiendo que el labio me temblaba. Él finalmente giró el rostro y sentí que el oxígeno abandonaba la habitación, tenía unos ojos grises hermosos, aunque fríos, una mandíbula dura y una belleza tan perfecta que resultaba cruel. Pero lo que me destruyó no fue su atractivo, sino su expresión. Me estaba mirando con asco, una repulsión tan vívida que pude sentirla básicamente sobre mi piel. Recorrió lentamente mi cuerpo bajo la sábana y torció el gesto en una mueca de desagrado. —Joder… debí haber estado realmente destruido anoche para terminar así —soltó con desprecio. Las palabras me golpearon en la autoestima más de lo que debería estar acostumbrada. —No fue así… yo no quería… —¿Qué? ¿Vas a decirme que yo te seduje? —soltó una carcajada sin humor mientras se ponía de pie, completamente desnudo, sin mostrar el más mínimo rastro de pudor—. Por favor, jamás tocaría a una mujer con tu aspecto estando sobrio. Tendría que estar ciego o drogado. Sentí que las mejillas me ardían de una vergüenza que me quemaba las entrañas. Me encogí sobre el colchón, intentando ocupar el menor espacio posible, deseando que la tierra se abriera y me tragara. Él tomó un pantalón del suelo y se lo puso con movimientos ágiles, mientras sus ojos seguían fijos en mí, evaluándome como si fuera basura. —Aunque debo admitir que me sorprendiste —añadió con una crueldad refinada—. No pensé que una mujer tan gorda pudiera moverse con tanta desesperación, estabas realmente hambrienta, ¿no? Sentí ganas de vomitar, el nudo en mi garganta era tan grande que casi no podía respirar. —Yo no soy lo que tú crees… —¿Una prostituta? —terminó él por mí, soltando un bufido—. Vamos, no trates de salvar tu dignidad ahora, no tienes que actuar conmigo. Las lágrimas comenzaron a nublar mi visión, calientes y pesadas. —No soy eso… Dev…Devon me dio algo… yo no… no sabía… —Entonces explícame porqué estabas lanzándote encima de mí en la barra —espetó mientras se abrochaba el cinturón con un clic metálico que sonó definitivo—. Porque créeme, las mujeres de tu volumen no suelen llamar la atención de hombres como yo. Tuviste suerte de que estuviera lo suficientemente borracho para no distinguir entre carne y grasa. Cada frase era un puñal directo a mi autoestima ya de por sí inexistente, apreté la sábana contra mi pecho, intentando contener el temblor de mis manos. —No recuerdo bien lo que pasó… todo está borroso. —Qué conveniente para ti —dijo él. Caminó hacia la mesa de noche, tomó su cartera de piel y sacó un fajo de billetes, los lanzó sobre la cama con indiferencia, como si estuviera alimentando a un animal de zoológico—. Toma esto y lárgate. Miré el dinero esparcido sobre la cama. Algo dentro de mí, la última pizca de respeto que me quedaba terminó de romperse en mil pedazos. —¿Me estás pagando? —pregunté con un hilo de voz. Él soltó una risa cargada de cinismo. — ¿Qué esperabas? ¿Un anillo? ¿Qué te invitara a desayunar después de despertar aplastado bajo toneladas de drama y flacidez? Solo tómalo. Consideralo una compensación por el esfuerzo de mover tanto cuerpo. Me sentí desnuda de una forma que nada tenía que ver con la falta de ropa. —No digas esas cosas… por favor… —¿Por qué? ¿Quieres honestidad? —me interrumpió con frialdad—. Bien. Despertar y encontrarte en mi cama fue suficiente para bajarme la borrachera de un golpe, es el peor error de mi vida. Una lágrima solitaria se deslizó por mi mejilla, pero él ni siquiera parpadeó. —Debiste sentirte muy orgullosa anoche —continuó él, sirviéndose un vaso de whisky de la jarra del minibar—. Seguro pensaste: Hoy es el día en que pruebo lo que se siente estar con un hombre de verdad, uno que jamás me miraría en la calle. La humillación me aplastó el pecho, quería desaparecer, morir, ser invisible. Me sentí una mancha en esa habitación tan lujosa y perfecta. —Yo no me aproveché de ti… —logré decir entre sollozos. —Claro que sí —cortó él de inmediato—. Las mujeres como tú siempre acechan, esperan a que uno no pueda defenderse para sentirse deseadas por una noche. Me das lástima. Comencé a llorar en silencio, cubriéndome la cara con las manos. Él me observó unos segundos y negó con fastidio, como si mis lágrimas fueran una molestia en su agenda. —No empieces con el drama, ya obtuviste lo que querías: una noche en una suite de lujo con alguien que está fuera de tu liga. Camino hacia mí lentamente, se detuvo tan cerca que pude sentir el calor que emanaba de su cuerpo. Contuve la respiración cuando con un movimiento brusco, levantó una esquina de la sábana y recorrió con la mirada mis piernas, mi vientre, mis caderas. La expresión de repulsión en su rostro fue el golpe final. —Dios… ni siquiera entiendo cómo pude tocarte —murmuró con asco—. Recuerdo manos, besos… y después, Dios como pude. —Basta… ya basta… —supliqué cerrando los ojos con fuerza. —Créeme yo también quiero borrar este desastre de mi memoria cuanto antes. Él soltó la sábana con un gesto de desdén y se dirigió al baño. Antes de cerrar la puerta, se giró una última vez, fulminándome con la mirada. —Llévate el dinero y desaparece. Si eres inteligente, jamás volverás a acercarte a alguien como yo, no perteneces a mi mundo, ni siquiera como una anécdota. La puerta del baño se cerró con un golpe. Me quedé inmóvil, temblando, sentía el pecho oprimido por una vergüenza que no cabía en la habitación. Miré el dinero sobre la cama. Quinientos dólares, eso era lo que valía mi primera vez para él. Quinientos dólares y una mirada de asco. Me cubrí la boca para no hacer ruido mientras las lágrimas caían sin control. Me sentí la mujer más repugnante del planeta. Con manos torpes, salí de la cama y comencé a vestirme con los restos de mi vestido, la tela rota apenas lograba cubrirme, resaltando cada imperfección que él acababa de señalar. Entonces vi su cartera abierta sobre el buró, algo oscuro y afilado despertó entre mi dolor y mi rabia. Me acerqué y la tome, dentro había tarjetas negras, billetes y una identificación corporativa. Aaron Kane. Incluso en la pequeña fotografía se veía arrogante, inalcanzable, perfecto. El hombre que me había usado y que ahora me trataba como a un parásito. Tomé la fotografía del carnet y la guardé en mi bolso junto a los quinientos dólares. No por el dinero, sino porque ese fajo de billetes sería el combustible de mi odio. —Te odio, Aaron Kane —susurré con la voz rota por el llanto—. Juro que algún día me vas a mirar. Salí corriendo de la habitación, escapando por el pasillo del hotel mientras intentaba cubrirme los hombros, sintiéndome más gorda, más humillada y miserable que nunca en toda mi vida.






