Mundo ficciónIniciar sesiónAMELIA
Supe que todo se había ido al carajo apenas puse un pie en la entrada, el silencio en la casa era distinto. Las empleadas, esas señoras que me habían dado de comer desde que era una niña, ni siquiera me sostuvieron la mirada.
Todavía me dolía todo el cuerpo por lo que había pasado en el hotel y sentí ese rastro de asco que Aaron Kane me había dejado grabado en la piel. Pero nada de eso se comparaba con el grito que escuché desde el despacho de mi papá.
—¡Sube ahora mismo, Amelia! —el grito hizo que me temblaran hasta los huesos.
Subí las escaleras arrastrando los pies, sintiendo que el vestido roto me pesaba. Cuando abrí la puerta, el aire se sintió pesado, cargado de ese olor a tabaco caro de mi papá y el perfume dulce, casi empalagoso, de Ivanna.
Mi papá no me miró, estaba de espaldas, mirando por la ventana con los hombros tensos. Chad estaba sentado en el borde del escritorio, jugando con una tableta y con una sonrisa que me revolvió el estómago, sabía que estaba disfrutando cada segundo.
—Papá, yo... —apenas pude hablar.
La bofetada fue tan rápida que ni siquiera la vi venir, sentí el golpe seco en la mejilla y la fuerza me mandó directo al suelo. Mi cabeza golpeó contra la alfombra y de inmediato sentí el sabor a sangre en la boca. Me quedé ahí, tirada, con el oído zumbando.
—¡Ni se te ocurrirá llamarme así! —gritó mi papá, girándose por fin. Tenía los ojos rojos, fuera de sí, nunca me había pegado, jamás me había levantado la mano—. ¡Eres una cualquiera! ¡Una vergüenza!
—Yo no hice nada malo, alguien me puso algo en la bebida... —traté de decir mientras lloraba, cubriéndome la cara con las manos.
—¿Que no hiciste nada? —Chad soltó una carcajada cargada de veneno y me aventó la tableta al suelo, justo frente a mis ojos—. Todo la ciudad está viendo cómo no haces nada, hermanita.
Me temblaban las manos cuando agarré el aparato, era un grupo de F******k, uno de esos donde la gente se mete solo a chismear y destruir vidas. La publicación ya tenía miles de compartidos y comentarios que no paraban de subir. Eran fotos de anoche, en la primera se me vio la cara perfectamente: tenía la boca un poco abierta y el vestido se me pegaba al cuerpo mientras ese hombre me agarraba de la cintura para meterme al elevador. A él no se le veía nada, siempre salía de espaldas o con la cara tapada por la sombra, pero yo estaba ahí, totalmente expuesta para que todos se burlaran.
"Miren a la gorda, nada tonta", decía un tipo. "Pobre hombre, seguro terminó aplastado", puso otro. "La hija de Knox resultó ser una ramera desesperada".
—¡Mírate! —mi papá pateó la tableta lejos de mí—. ¡Eres el chiste de la ciudad! Mi apellido, todo lo que he construido... todo tirado a la basura porque no pudiste controlar tus ganas.
—¡Fue una trampa papá! Devon me dejó sola y yo me sentí mal...
—¡Mentira! —saltó Ivanna, levantándose del sillón con esa elegancia que siempre me hacía sentir como un monstruo—. Devon nos llamó anoche, dijo que te le lanzaste encima a ese extraño en la barra y que él intentó detenerte pero no pudo, dijo que te comportabas como una mujer de la calle.
—¡Eso no es cierto! —grité, pero mi papá se acercó y me agarró del brazo, levantándome del suelo de un tirón que me hizo soltar un gemido de dolor.
—Sabes qué es lo que más me duele? —me dijo casi al oído, con un desprecio que me heló la sangre—. Que durante años me aguanté tu gordura, me aguanté que no tuvieras disciplina, que rompieras los vestidos, que fueras mediocre... Pensé que al menos tenías un poquito de decencia, pero no. Eres igual de vulgar que un animal.
—Papá, por favor, mírame... soy yo... —supliqué, buscando, aunque fuera una gota de amor en sus ojos.
Pero no encontré nada, solo asco, un rechazo tan real que sentí que le daba repelús tocarme.
—No gastes tus lágrimas conmigo —me soltó, empujándome hacia la puerta—. He tirado una fortuna en médicos y en dietas que nunca hiciste porque eres floja y no tienes fuerza de voluntad, pero hasta aquí llegamos. No voy a dejar que una cerda sin cerebro me arruine la vida.
—No puedes hacerme esto... soy tu hija —susurré, sintiendo que algo se me rompía en el pecho.
—Chad, abre la puerta de la calle —ordenó mi papá, como si yo ya no estuviera ahí—. Amelia, te quiero fuera de mi casa ahora mismo.
—¿Qué? ¡Déjame aunque sea recoger mis cosas! —pedí desesperada, viendo cómo Ivanna me miraba con una sonrisa de victoria que no intentaba ocultar.
—No te vas a llevar nada que yo haya pagado con mi dinero —sentenció mi papá. Se acercó y con un movimiento brusco, terminó de romper la manga de mi vestido que ya estaba colgando—. Te vas como lo que eres, con el uniforme de tu deshonra. Vete a buscar al tipo de las fotos, a ver si él te quiere mantener después de usarte.
—¡Lucas, no puedes echarla así! —fingió Ivanna, aunque sus ojos brillaban de alegría—. Al menos dale algo para cubrirse...
—¡Nada! —rugió él—. ¡Fuera! ¡Lárgate antes de que llame a los de seguridad para que te saquen a patadas!
Me empujaron fuera del despacho, bajé las escaleras llorando, sintiendo que el mundo se me venía encima. Chad abrió la puerta principal de par en par, disfrutando cada segundo.
—Suerte en la calle, ballenita —me susurró Chad al oído cuando pasé junto a él—. A lo mejor por allá alguien sí quiere tus curvas.
Salí a la banqueta con el vestido hecho jirones, la cara roja por el golpe y el alma destrozada. El sol de la mañana pegaba fuerte, como si quisiera que todo el mundo viera mi humillación. Me detuve en la acera y escuché cómo la puerta de la mansión se cerraba detrás de mí.
No tenía dinero, no tenía llaves, no tenía nada. Lo único que me quedaba era el carnet de Aaron Kane que me había guardado en el escote y una rabia que empezó a quemar por dentro. En ese momento la Amelia buena, la que siempre intentaba agradar, se murió.
Empecé a caminar mientras los vecinos se asomaban a mirar, cubriéndome el pecho con los brazos.
—Se acabó —dije bajito, limpiando la sangre del labio con la mano—. Se acabó la niña tonta.







