CAPITULO 4

AMELIA

Toqué la puerta de Olivia con el corazón en la garganta, no tenía a dónde más ir. Cuando por fin me abrió, quedó en shock. Mi vestido era una basura hecha jirones y la marca de la bofetada de mi padre me cruzaba la cara.

—¿Amelia? Pero qué diablos... —empezó a decir, pero se calló cuando me vio los ojos. Debían de estar vacíos.

No dije nada, me desplomé contra su hombro y ella me arrastró hacia adentro, cerrando la puerta con el pie. Me soltó en su sillón y me tapó con una manta mientras iba por un té, pero yo no podía dejar de temblar.

—Me echaron, Oli —solté con la voz rota—. Mi papá me dijo que soy una ramera, que ya no tengo familia, me pegó frente a Ivanna y Chad como si fuera un animal.

Olivia se sentó en el suelo, justo frente a mí, y me apretó las manos.

—Pues tu familia está muy pendeja, Amelia. Porque aquí estás conmigo, yo soy tu familia ahora, pero tenemos un problema peor.

Me pasó su celular, ahí estaba yo. Mi cara, mis ojos perdidos, mi cuerpo apretado en ese vestido horrible. Las fotos de F******k tenían miles de compartidos y los comentarios eran una carnicería. "La gorda cachonda", "El tanque Knox". La humillación ya no estaba solo en mi casa, estaba en todo el país, ahora era viral.

—No me puedo quedar aquí —dije, sintiendo un frío nuevo—. Todo el mundo me va a señalar en la calle, no podre ni ir al súper sin que se rían.

Saqué los quinientos dólares arrugados y la foto del carnet de Aaron Kane.

—¿Y ese dinero? —preguntó Olivia.

—Es el pago de mi humillación, me los aventó ese infeliz como si fuera una cualquiera —respondí con una frialdad que no sabía que tenía—. Con esto me voy lejos de aquí.

— ¿Te vas? —repitió ella, abriendo muchos los ojos.

—Tengo que desaparecer, Amelia Knox tiene que morir para que yo pueda vivir. Yo voy a Londres, ahí nadie sabe quién soy, nadie conoce mis errores ni mi peso.

Olivia no lo dudó ni un segundo, se puso de pie y empezó a buscar una maleta.

—Pues no te vas a ir sola mensa, si nos vamos, nos vamos las dos. Yo también estoy harta de este lugar, vendemos lo que podamos y nos largamos mañana mismo.

Llegamos a Londres con lo puesto y una maleta compartida, el dinero de Aaron nos sirvió para alquilar un cuarto que apenas tenía espacio para las dos, pero era nuestro refugio. A los pocos días, pateando calles, encontramos una radio local, pequeña y un poco destartalada, donde necesitaban a alguien para la limpieza y ayudar con los cables.

—Soy ayudante, no me importa cargar lo que sea —le dije al dueño, un tipo llamado Raymond que apenas me miró.

—Empiezas mañana, trae café y no toques nada que no debas —gruñó.

Los primeros meses fueron un infierno, me levantaba a las cuatro de la mañana a correr. Al principio no aguantaba ni una cuadra; Terminaba vomitando en las esquinas, sintiendo que los pulmones me estallaban.

—¡Muévete, Amelia! ¡Un kilómetro más! —me gritaba a mí misma, apretando los dientes mientras el sudor me nublaba la vista.

Odiaba mi cuerpo, odiaba sentir cómo me pesaba cada paso, pero usaba ese odio como combustible. Después de correr, me iba a la radio, cargaba cables pesados, limpiaba consolas llenas de polvo y aguantaba los gritos de Mario, el locutor estrella, que era un pesado de primera.

—¡Oye tú! Tráeme un encendedor y que el café esté hirviendo —me gritaba Mario desde la cabina.

—Soy Amelia —le respondía yo, entregándole las cosas sin mirarlo.

—Como mar. Mañana limpia el estudio B, quedó hecho un asco después de la entrevista —me contestaba sin siquiera darme las gracias.

Por las noches, mientras Olivia dormía, yo me quedaba despierta estudiando Comunicación a distancia. Dormía cuatro horas, si acaso. Trabajaba diez horas cargando cosas, estudiaba seis y entrenaba dos. Mi mente se volvió una fortaleza.

Un año después, el cambio ya no se podía ocultar, mi ropa me quedaba enorme, mis mejillas se habían perfilado y ya no caminaba mirando al suelo. Pero lo más importante no fue el peso, fue que dejé de tener miedo.

Un martes por la tarde, Mario no llegó a su turno. Se había ido de fiesta y no contestaba el celular, el productor, un tipo estresado llamado Phil, estaba al borde de un infarto.

—¡Mar maldita sea! ¡Entramos al aire en dos minutos y no hay nadie para leer las menciones de los patrocinadores! —gritó Phil, azotando la puerta de la cabina.

Dejé el trapo con el que estaba limpiando unos audífonos y me levanté de la silla.

—Yo puedo hacerlo —dije con firmeza.

Phil me miró de arriba abajo, como si acabara de ver a un fantasma.

—¿Tú? ¿La chica de los cafés? Amelia, esto es serio, son menciones en vivo.

—Sé cómo manejar la consola, me sé los guiones de memoria y he estado practicando —le respondí, sosteniéndole la mirada—. ¿Prefieres aire muerto y perder a los patrocinadores o me das el micrófono?

Phil soltó un insulto, me señaló la cabina y me gritó que me sentara. Me puse los audífonos y el mundo exterior desapareció. Cuando la luz roja de AL AIRE se encendió, mi voz salió profunda, clara y con una elegancia que me sorprendió hasta a mí misma. No era la voz de la chica gorda que todos humillaban en F******k; era la voz de una mujer que tenía el control.

Al terminar el turno, Phil entró al estudio rascándose la nuca, con una cara de no creerlo.

—Nadie llamó para quejarse —dijo, mirando los controles—. De hecho, dos marcas preguntaron quién era la nueva locutora. Tienes una voz de oro Amelia, mañana vuelves a cubrir a Mario y si vuelve a faltar, el puesto es tuyo.

Esa noche llegué al cuarto y Olivia me vio la cara.

—Te dieron el micrófono, ¿verdad? —preguntó, soltando sus libros.

—Sí Oli, me lo dieron.

Saqué la foto de Aaron Kane de mi cartera. El rostro de ese hombre seguía ahí, impecable y arrogante. Lo miré por un largo rato antes de volver a guardarlo.

—Cada gota de sudor, cada bofetada y cada noche de hambre... —susurré para mí misma—. Todo va a valer la pena, Londres apenas está empezando a conocerme.

Amelia Knox se había quedado muerta en aquella mansión y la mujer que estaba naciendo en esa radio de Londres no iba a detenerse hasta que los que la pisotearon tuvieran que pedirle permiso para hablar. El camino era largo, pero yo ya no tenía miedo de caminarlo.

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