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AMELIA
A los veintiún años, yo Amelia Knox sabía perfectamente lo que la gente veía cuando entraba a una habitación. No era mi sonrisa, ni mi educación, ni el apellido millonario que llevaba. La gente veía primero mi cuerpo y después decidían cuánto valía. Para el mundo y especialmente para mi familia, yo era una cifra en la báscula que nunca lograba bajar lo suficiente.
— ¿De verdad vas a comer eso? —la voz de Ivanna me hizo soltar la cuchara de inmediato.
Aparté el plato con el pan tostado como si me hubieran atrapado robando, Ivanna estaba de pie frente a mí, observándome con ese desprecio que ya era parte de nuestra rutina diaria.
—Solo tenía un poco de hambre —murmuré, bajando la mirada.
—Qué raro, tú siempre tienes hambre Amelia, es tu única constante —respondió ella, cruzándose de brazos—. Es patético verte devorar carbohidratos mientras el resto de la familia intenta mantener un estándar de elegancia.
Chad soltó una carcajada desde el otro extremo de la mesa, dejando su teléfono de lado para disfrutar de la escena.
—Déjala mamá, tal vez está almacenando comida para el invierno —se burló Chad—. Aunque, siendo honestos, con lo que ya tiene encima podría sobrevivir a una glaciación completa. ¿No te cansas de ocupar tanto espacio en esta casa, Amelia?
Mis dedos se cerraron con fuerza bajo la mesa, hundiendo las uñas en mis muslos. No responder era una costumbre aprendida; cualquier palabra era gasolina para su fuego.
—Basta, Chad —rio Ivanna bajito—. Hoy tiene una cita importante y no queremos que llegue con la cara hinchada de tanto azúcar, aunque no sé qué milagro esperamos que ocurra esta noche.
El estómago se me tensó, había intentado ignorar la cita toda la mañana, pero el recordatorio me cayó mal.
—No quiero ir —dije en voz baja, sintiendo el nudo en la garganta.
—¿Y qué opción tienes? —Ivanna levantó una ceja—. Tu padre ya dio su palabra. ¿Crees que tenemos tiempo para esperar a que alguien te busque por amor? Nadie va a tocar esta puerta por ti si no es por un favor político o un ruego de tu padre.
En ese momento, Lucas Knox apareció en el comedor, ajustándose los gemelos de su camisa. Al verlo enderecé la espalda por puro instinto de supervivencia. Mi padre apenas me miró unos segundos antes de fruncir el ceño con una decepción que me lastimo.
—Dios mío… ¿ese vestido te queda todavía? —preguntó Lucas con frialdad.
—Sí… creo que sí —respondí, aunque sentí que la tela estaba a punto de rendirse.
—Cada día estás más grande —negó él con un suspiro de asco—. Es humillante entrar a un evento y escuchar cómo se ríen a mis espaldas. No dicen la hija inteligente de Lucas Knox, dicen la hija gorda. ¿Tienes idea del daño que le haces a mi imagen?
—He estado tratando de seguir la dieta, papá... —intenté defenderme, pero mi voz salió pequeña.
—¿Tratando? —Chad intervino con una risa burlona—. Amelia, subes tres escalones y parece que vas a sufrir un infarto. No mientas, todos sabemos que escondes comida en tu habitación.
—¡Eso no es cierto! —grité, pero mi padre levantó la mano para silenciarme.
—¡Cállate! —rugió Lucas—. No tienes disciplina, no tienes presencia y ningún hombre serio se fijaría en ti por voluntad propia. Así que más te vale comportarte esta noche. Ivanna consiguió que Devon aceptara conocerte y no voy a tolerar que nos avergüences de nuevo. ¡Vete a preparar ahora mismo!
Me levanté rápidamente, escuchando con horror cómo la silla de madera crujía bajo mi peso, Chad soltó otra risita y yo salí huyendo hacia las escaleras. Subí intentando ignorar el ardor en mis piernas y la falta de aire.
Sobre la cama estaba el vestido que Ivanna había elegido, color satinado perla ajustado, demasiado ajustado. Me tomó casi diez minutos lograr subir el cierre, manteniendo la respiración hasta que vi estrellas. Me miré al espejo y las lágrimas llenaron mis ojos, el satén marcaba cada bulto de mi abdomen, mis brazos lucían horribles y mis muslos se rozaban incómodamente entre sí. Me veia enorme y ridícula.
—Bueno… al menos no explotó —la voz de Ivanna desde la puerta me hizo girar.
—De verdad tengo que ir con esto? —pregunté, señalando mi reflejo—. Se me marca todo, Ivanna y me veo horrible.
—Te ves como lo que eres Amelia, una mujer que no sabe controlarse —se acercó y me puso una máscara plateada en las manos—. Devon viene de una buena familia y aceptó esto por compromiso con tu padre. Así que esta noche sonríe, sé agradable y por favor, trata de no espantarlo comiendo como una desesperada, intenta verte femenina por una vez.
Treinta minutos después, bajé del auto frente al hotel. El salón estaba lleno de máscaras brillantes y cuerpos esbeltos, sentí las miradas clavadas en mí desde el primer paso, juzgando el volumen de mi cuerpo bajo el satén brillante.
—Amelia —un hombre con máscara dorada se acercó—. Soy Devon.
Él me dio un vistazo rápido de arriba abajo apenas un segundo, pero fue suficiente para ver el destello de decepción en sus ojos antes de que recuperara su sonrisa falsa.
—Vamos a la barra —dijo él, sin esperar mi respuesta.
Caminar era una tortura, sentía la tela tensarse en mis caderas, temiendo que un paso en falso terminara en tragedia, Devon pidió dos bebidas y me entregó una sin mirarme.
—Relájate un poco —dijo él—. Pareces aterrada, como si nunca hubieras visto a un hombre.
—No suelo salir mucho —admití, bebiendo para calmar el pánico.
—Lo imaginé, una chica de tu tamaño suele preferir quedarse en casa —soltó él con una naturalidad hiriente.
Apreté la copa con fuerza, quizás si era lo suficientemente amable, él podría ver más allá de mi peso, quizás mi padre dejaría de odiarme. Pero después de unos minutos, empecé a sentirme extraña, pesada y mareada.
— ¿Te encuentras bien? —preguntó Devon, cuya voz empezaba a sonar lejana.
—Yo… creo que no… me siento muy rara… —balbuceé, intentando sostenerme de la barra.
—Debe ser el alcohol, quédate aquí, iré por un vaso de agua.
DEVON
Me alejé de ella con una sonrisa oculta tras mi máscara. El papel de caballero me salía natural, pero la realidad era mucho más lucrativa. Ivanna Knox me había pagado una pequeña fortuna para que le destruyera la reputación con el hombre de más baja monta que pudiera encontrar.
Caminé hacia el extremo opuesto de la barra, donde el barman que ya estaba listo, me esperaba con la copa clave, era para el tipo miserable que había contratado; un sujeto que por unos cuantos billetes aceptaría revolcarse con la hija gorda de los Knox frente a una cámara oculta.
Me acerqué al tipo, que esperaba nervioso en una esquina.
—Tómatela de un trago y cuando te señalé a la mujer, haces lo tuyo —le susurré, dejando la copa frente a él.
Pero el destino tiene un sentido del humor retorcido, antes de que mi hombre pudiera estirar la mano, un tipo de espaldas anchas y máscara negra, que claramente llevaba media botella encima, se tambaleó y manoteó la barra. Confundiendo la bebida con la suya, se tragó el afrodisíaco de un solo golpe.
Me quedé helado, ese no era el plan. Sin embargo, pensé, Ivanna quería fotos y una deshonra total, a estas alturas el semental me daba un poco igual.
Regresé hacia Amelia, donde su mirada vidriosa me indico que estaba en su punto. Volteé y vi que el desconocido de la máscara negra ya estaba jadeando, aflojándose la corbata con desesperación, el afrodisiaco ya estaba haciendo efecto.
Agarré a Amelia del brazo y la jalé, ella ni siquiera protestó; Apenas podía mantener el equilibrio mientras la arrastraba entre la multitud, la llevé directo hacia el hombre de la máscara negra y la empujé contra él.
—Aquí tienes campeón, disfruta el postre —le dije con malicia.
El hombre la atrapó por puro instinto. Sus manos se hundieron en la cintura de Amelia y un gruñido ronco salió de su garganta. Estaba fuera de sí, Amelia totalmente dócil, escondió el rostro en su pecho, buscando un apoyo que sus piernas ya no le daban.
Vi cómo el tipo comenzaba a llevársela hacia los elevadores, perfecto, no era el plan original, pero el resultado sería el mismo: una habitación de hotel, una gorda deshonrada y el video perfecto para que Ivanna echara a ese estorbo de su vida para siempre. Me ajusté la máscara y los seguí a una distancia prudente; la función apenas comenzaba.







