Mundo ficciónIniciar sesiónAMELIA
Los tacones de aguja resonaban contra el piso de los pasillos de la televisión. Caminaba con la espalda recta, ignorando las miradas de los técnicos que se pegaban a las paredes para dejarme pasar. Ya no era la sombra que se escondía en los rincones; Ahora, los reflectores me perseguían a mí. Me gustaba el frío del edificio, me recordaba que yo también era de hielo.
—¡Treinta segundos para entrar al aire, Amelia! —gritó el gerente de piso, ajustándose el auricular.
Asentí con un gesto frio y entre al set. Me senté detrás del escritorio, acomodé el micrófono de solapa y esperé la señal.
—En cinco, cuatro, tres... —el conteo terminó y la luz roja se encendió.
—Buenas noches, Londres. Soy Amelia Knox y estas son las noticias más importantes de la jornada.
Mantuve el tono impecable. Hablé de crisis financieras y tragedias internacionales con una seguridad que había forjado a base de disciplina y hambre. Al terminar, solté un suspiro largo y me quité los apuntadores. Mi reflejo en el monitor me devolvía la imagen de una mujer delgada, de rostro perfilado y elegancia cortante. Sin embargo, al mirarme al espejo del camerino, mis manos todavía buscaban de forma inconsciente los rollos de grasa en mi abdomen que ya no existían. En mi mente, seguía siendo esa chica que ocupaba demasiado espacio.
—Impresionante como siempre, jefa —Olivia entró al camerino con una tableta—. Rompimos el record de audiencia otra vez. Pero olvida el trabajo un segundo.
—¿Qué pasa, Oli? —pregunté, quitándome los pendientes de diamantes.
—Ya confirmé todo con la clínica, la cita para iniciar el proceso de inseminación quedó para la próxima semana —Olivia bajó la voz y se sentó frente a mí—. El doctor Thompson dice que tus niveles están perfectos.
Me toqué el vientre, el deseo de ser madre era lo único que me permitía sentir algo parecido al calor humano. Había decidido que no necesitaba un hombre en mi vida; un hijo sería mi única familia, alguien que me amaría sin condiciones y sin juzgar mi aspecto.
—Una semana más —susurré—. Por fin tendré algo que sea mío y de nadie más. No quiero contratos, ni mentiras, ni hombres que solo ven lo que hay por fuera.
—Estaré contigo en cada paso, lo sabes —me aseguró Olivia—. Pero mientras tanto, tienes que descansar. Esa frialdad de mujer de hielo que vendes en pantalla te está agotando.
—Es mi escudo Oli, si no soy de hielo, me rompen. Y ya permití que me rompieran una vez.
Londres se extendía frente a mí, brillante y ajena, mientras yo solo podía pensar en la libertad de construir mi propio hogar, lejos de los fantasmas que dejé en aquella mansión hace siete años.
Aaron
—¡Otra ronda para esta mesa! —grité, levantando mi vaso de whisky mientras la música del club retumbaba.
Tenía una modelo rubia colgada del brazo y otra morena riéndose de algo que acababa de decir. El alcohol quemaba rico, justo como me gustaba. Mi vida era un ciclo perfecto de adrenalina, negocios de millones de dólares y mujeres que sabían exactamente a qué venían. No había espacio para complicaciones ni para sentimientos que no se pudieran comprar.
—Aaron, relájate un poco, que el viejo se va a infartar si te ve mañana en los tabloides —Sebastián, mi mejor amigo, se acercó riendo y me quitó el vaso para darle un trago.
—Ese viejo tiene más vidas que un gato —respondí con una carcajada, pasándole el brazo por los hombros—. Mateo solo ladra, lleva años diciendo que me va a desheredar si no me caso con una mujer de provecho. Es puro teatro para intentar controlarme.
—Esta vez lo dice en serio, hermano —Sebastián me miró con una chispa de burla en los ojos mientras encendía un cigarro—. Dice que Charlotte está lista y esperando. ¿Te imaginas? Tú, Aaron Kane, el terror de las pasarelas, cargando la pañalera y yendo a misa los domingos con la niña bien de los Sutton, solo de pensarlo me da risa.
—¡Ni en tus sueños más locos! —solté una carcajada que casi me hace escupir el trago—. Charlotte es linda, pero es tan aburrida que me daría un coma inducido antes de la luna de miel. Mi abuelo no se atrevería a quitarme el mando del Grupo. ¿A quién se lo va a dar? Me necesita demasiado para mantener el apellido en la cima.
—Yo que tú no me confiaba tanto —siguió Sebastián, dándome un empujón amistoso—. Escuché que ya tiene el contrato matrimonial redactado, solo le falta tu firma y que elijas a la candidata oficial.
—Que siga redactando —dije, volviendo mi atención a la rubia que me acariciaba el cuello—. El día que yo me case será porque encontré a alguien que de verdad me interesa, y dudo mucho que esa mujer haya nacido todavía. De momento, prefiero disfrutar de lo que tengo.
Me perdí de nuevo entre las luces y los cuerpos que bailaban. Me sentí el dueño de Londres, el hombre que lo tenía todo bajo control. Nada en el horizonte parecía capaz de perturbar mi racha de suerte. El Grupo Kane seguía siendo mi reino y yo no pensaba ceder ni un milímetro de mi libertad por las amenazas de un anciano que se negaba a aceptar los nuevos tiempos.
—¿Te pasa algo, Aaron? —preguntó la chica, acercándose a mi oído para hacerse oír sobre la música.
—Nada —respondí, dándole un beso rápido antes de pedir otra botella—. Solo que esta noche apenas empieza.
Bebí directamente de la botella, disfrutando del caos de la fiesta. Mi abuelo quería un compromiso y yo estaba decidido a ignorar sus ultimátum el tiempo que fuera necesario. El mundo era mío y no había nada, ni nadie, que pudiera hacerme bajar de mi pedestal.







