AARON
El desayuno con mi abuelo apenas había terminado cuando el sonido de unos pasos firmes sobre la gravilla nos hizo girar a todos. No esperaba visitas y por la forma en que Mateo alzó una ceja, él tampoco.
Charlotte Sutton apareció doblando el sendero del jardín. Vestía un atuendo hípico impecable que gritaba opulencia y cargaba una sonrisa radiante, perfectamente ensayada.
—¡Buenos días! —exclamó Charlotte, acercándose a la mesa con total familiaridad—. Mateo, querido, qué gusto verte. Aar