AARON
Estacioné el auto frente a la entrada principal de la propiedad de descanso y apagué el motor. Amelia bajó de inmediato, sin esperar a que yo le abriera la puerta, su postura era rígida, pero mantenía esa expresión imperturbable que usaba como escudo. Tomé las maletas y caminé a su lado hacia el recibidor.
La señora Higgins, la ama de llaves que llevaba trabajando para mi abuelo más de treinta años, nos recibió con una reverencia impecable.
—Señor Aaron, señorita Knox, bienvenidos —dijo l