Antes de que pudiera emitir siquiera un sonido, una mano se posó rápidamente sobre mi boca.
—Shh, Elena. Soy yo. —La voz grave de Mikhail sonó cerca de mi oído, casi un susurro.
Mi cuerpo se tensó, pero no luché. El simple hecho de saber que era él calmó el pánico que empezaba a brotar en mi pecho. Mikhail me sujetó con firmeza, pero sin brusquedad, y me mantuvo quieta mientras ambas mujeres seguían hablando a unos metros.
Pasaron unos minutos que se sintieron eternos hasta que el sonido de los